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En otro tiempo el fuego

lo hubiera consumido todo;

las noticias serían diferentes

y el asco y el mareo de haber muerto

en medio de la agónica culpa

drogado e indignado y arrastrando

el no y el no y el no,

con el público sentado,

asistiendo a llamas inolvidables,

no hubieran sido un problema.

En otro tiempo.

 

Empecé a susurrarle al oído

la vida imaginada; la mecha;

lo felices que hubiéramos…

el ´siempre´ tan corto,

mecánicamente paralizado;

miraba esperando respuestas,

ví cómo la suavidad le abandonaba,

deshabituados, en habitaciones

que son celdas de las almas

que disfrutan de su propia compañía.

El susurro.

 

Luego, mañanas y nostalgia,

y esa puta desafección,

cuando dejamos de ser pocos,

y el silbido anunciaba la huída del mundo,

respiramos la fuerza honda

y éramos tal como aparecimos

y el mundo giraba tal como creímos

y se imponía yerta la dulzura

sobre el divino anhelo de tu sal.

En mañanas y mentiras.

Así, ardimos y ganamos.

 

 

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