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Ni todo el líquido universo del dolor

desplegado ansioso ante mi

ni todo un mundo de rotos

gimiendo dentro de los ojos,

más allá y fuera del vientre del cielo,

ni tus ojos encima de mis ojos,

arañando, como nunca nadie más cerca,

ni toda la descomunal pequeñez del alma,

o la inmensa magnitud del deseo ‘implacado’,

es penitencia ante silenciar cómo nombras:

el hombre solitario no tiene nombre

como no rezamos al anónimo Dios

de poemas callados que marchitan su ser

como soles mojados que mueren mudos.

 

Todo un mar de hiel ardiendo dentro

y en él una sideral estela de lágrimas

con todos aquellos cuyas cadenas arrastramos

detrás y ante todos aquellos

a cuyo sufrimiento abrimos paso;

nada de eso, igual que ver cómo callas.

 

 

 

 

 

 

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